Lejos de ser un signo negativo, las canas dejaron de asociarse exclusivamente con el paso del tiempo y hoy forman parte de una elección estética. Algunas personas optan por lucirlas de manera natural, mientras que otras prefieren cubrirlas. En ambos casos, la decisión responde cada vez más a una cuestión personal y no a una imposición social.

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Cuando el cabello está cuidado, el tono gris o blanco puede resultar elegante y hasta convertirse en un rasgo distintivo. Sin embargo, todavía persisten hábitos y creencias instaladas, como la costumbre de arrancar las canas o la idea de que, al hacerlo, aparecen más.

¿Arrancar una cana hace que salgan más? Qué dice la ciencia

Uno de los mitos más repetidos sostiene que si se arranca una cana crecerán varias en su lugar. Pero la evidencia científica desmiente esta afirmación. Cada pelo nace de un folículo piloso independiente, por lo que, al extraerlo, simplemente volverá a crecer otro en ese mismo sitio.

La confusión suele darse porque, en algunos casos, un mismo folículo puede producir más de un cabello o porque, con el paso del tiempo, aparecen nuevas canas en zonas cercanas. Esto puede generar la sensación de que “se multiplican”, cuando en realidad responde al ciclo natural del crecimiento capilar.

El origen de las canas está vinculado a la disminución de melanina, el pigmento responsable del color del cabello. A medida que envejecemos, su producción se reduce y da lugar a los tonos grises o blancos. Si bien factores como el estrés pueden influir, la genética es determinante: define cuándo aparecen y cómo serán.

Arrancar una cana, además de no evitar su reaparición, puede resultar perjudicial. La tracción repetida sobre el cuero cabelludo puede debilitar el folículo y afectar la salud capilar. A esto se suman otros factores agresivos, como el uso excesivo de calor o productos químicos, que también impactan en la calidad del cabello.

En definitiva, las canas forman parte de un proceso natural. Más allá de la decisión de cubrirlas o no, el cuidado del cabello y la información basada en evidencia son claves para evitar prácticas que, lejos de ayudar, pueden resultar contraproducentes.